
Su nuera, aquella que se dijo que cuando muriera no lloraría por ella, lloró. Y qué pena que sintieron los otros cuando la vieron llorar que se acercaron y le dijeron que era normal, que después de tantos años, uno sentía a su suegra como a una madre más. Y ella asentía con la cabeza, pero en verdad lloraba de culpa. De culpa porque en el fondo había estado deseando que muriera ya para no pasarlo mal ni Maribel ni los demás, y porque en el fondo la odiaba, pero ahora que la veía tan quieta, sin inmutarse, sin vida y sin poderse defender ni quejarse, pena y culpa sentía.
Y la vecina, que bien sabía cómo había sido en vida, que no había dejado descansar a nadie, también lloraba porque a fin de cuentas, a ella jamás le había hecho nada, y aunque nunca hubieran tenido roce, bien la recordaba ahora cuando iba desafiante y altiva a comprar cada mañana su barra de pan. Y qué penita daba verla así a la pobre Maribel, y qué pena la vecina que lo que no contaba era que le recordaba que algún día acabaría ella también así, en una caja.
Y el hijo de Maribel, qué cabe decir: lloró, pero fue un llanto de cansancio y agotamiento, de pena y de frustración porque todos esos días que había pasado junto a ella en el hospital, habían acabado así, y nadie le iba a devolver las energías que había invertido en cuidarla. Y a pesar de todo, ver a ese cuerpo que un día había sido erguido e insultante de un débil encorvado, le hacía pensar si acaso no se había mostrado así ante la vida para no mostrar esa fragilidad…
Aunque hubiese sido una persona insoportable y egoísta que tan sólo pareció preocuparse de sí misma.
Laura González Barro
Me alegro que vuelvas a escribir :)
ResponderEliminar